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July 6th, 2008 yarliTras el descomunal pedo pillado anoche en Razzmatazz, una canción resuena aún en mis oídos…
Como no podía ser de otra manera: MGMT
Tras el descomunal pedo pillado anoche en Razzmatazz, una canción resuena aún en mis oídos…
Como no podía ser de otra manera: MGMT
Muldoon miró su fusil fijamente. Se trataba de un Mauser. Su abuelo lo había empleado durante la 1a Guerra Mundial. La culata presentaba gran cantidad de rasgaduras, debidas, seguramente, a que era un fusil heredado de algún pobre, y desgraciado ruso, obligado a combatir en nombre de la Gran Madre Rusia. Ello le obligó a rememorar la triste historia que le había llevado hasta ése maldito lugar. No es que Muldoon hubiera escogido ser lo que era. A diferencia de muchos de sus colegas y compañeros, a él le había tocado ser lo que era. De joven, se fué a enamorar de la mujer que no debía, la hija de uno de los máximos accionistas de la International Cable Inc. Una de las primeras empresas en tirar el cable transatlántico que posibilitaría las conexiones entre Estados Unidos y Europa. El enamorarse de ella, y el hecho de tener una cierta cualidad innata para captar con el objetivo de su cámara las peculiaridades de la realidad que le rodeaba, le llevaron a trabajar para uno de los más prestigiosos periódicos de los Estados Unidos, el Herald Tribune. Eso sí, cobrando un sueldo miserable, y teniendo que soportar las críticas mordaces de su superior, que al adquirir sus negativos parecía estar más haciéndole un favor, que no cerrando una transacción. Por increíble que parezca, a él, todo eso le importaba un pimiento. Él amaba a Sarah, y por ello, por ella, estaba dispuesto a todo. Él era el típico joven de provincias, de esos que se cubría la pernera del pantalón con el calcetín, para que la cadena de su vieja bicicleta (heredada, al igual que su cámara reflex, de su abuelo, su única herencia), para que ésta no le manchara el pantalón. Amaba a Sarah, hasta el punto de no existir el día en que, al llegar a casa, no trajera consigo algo que ofrecerle. Debido a su mísero sueldo no podía permitirse grandes lujos, pero, un día una bolsita de almendras garrapiñadas, al otro, un ramito de flores recogidas de camino al hogar… siempre existía algo que llevarla. Algo con lo que justificar la tremenda satisfacción que para él suponía el compartir su existencia con alguien como ella. Pero pronto se vino abajo todo. Qué dificil es hacer feliz a aquél que ya lo posee todo…(Ahora es cuando me doy cuenta que son las cinco y pico de la mañana, que voy superpedo, y q mañana toca la mudanza de mi gran neuropsico a la que he prometido ayudar… así que me despido y otro día más…)Este post… podría haberse llamado… “Érase una vez un zapato…” Que se llamará… Mañana os contaré la historia de la hormigita Freedy y de la oruguita Sue.