paranoias

Marcos

August 5th, 2008 yarli

“Estoy muerto” pensó Marcos mientras apuraba el útlimo cigarrillo de Lucki que le quedaba, y lanzaba la colilla a las ruedas del tren que se acercaba. “Estoy muerto”. El chirrido de las ruedas al frenar le hizo volver a la realidad, la realidad de la rutina, de la ciudad, que volvía a envolverle con su tráfico, con sus pantallas publicitarias, con las voces en off invitándole a comprar lo que no se podría nunca permitir. Se sentó en el solitario vagón, y esperó a que éste se pusiera en marcha. Uno de esos periódicos gratuitos captó su atención. “Crisis”. No te jode. “Estoy muerto”, volvió a pensar. Los pasajeros fueron subiendo. Un tipo con pinta de profesor subía a duras penas la bicicleta por la puerta de entrada. La pinta de profesor le venía de las gafas de pasta pasadas de moda, el pantalon de pinza con la camisa a cuadros, y el calcetín por encima de la pernera del pantalón, que ahora ya a bordo, se colocaba bien, para no engancharse la bajera con la cadena. La señora Gertrudis subía con sus bolsas del Corte Inglés. Seguro que el marido le echaría la bronca al llegar a casa, al ver como ésta se dilapidaba la pensión de ambos en joyas que seguramente acabaría perdiendo en la playa. “Estoy muerto”. Una sonrisa perlada le saludaba desde la pared invitándole a acudir, primera cita gratuita, a la nueva franquicia odontológica de turno. Detrás suyo, una madre de origuen sudamericano movía impaciente el carrito en el que un niño berreaba como si le fuera la vida en ello. “Ahora entiendo que algunas especies devoren a sus crías” musitó Marcos por lo bajo. El profesor le miró sorprendido y con cara de asco. La verdad es que sus pintas, tras ése último fin de semana, no dejaban lugar para otro tipo de miradas. Un pitido, el sonido de una campana y, con una leve sacudida, el tren se puso en marcha. “Estoy muerto” pensó Marcos, mientras la cruda realidad de señales de tráfico, de luces, escaparates y el bullicio de la gente volvía a rodearle de nuevo. “Estoy muerto”.