Call on me
August 28th, 2008 yarliTodos hemos bailado al son del “Call on me” de Eric Prydz. Pero después de esto… nada volverá a ser lo mismo
Tal y como tú lo recuerdas:
Tal y como lo recordarás a partir de ahora:
Todos hemos bailado al son del “Call on me” de Eric Prydz. Pero después de esto… nada volverá a ser lo mismo
Tal y como tú lo recuerdas:
Tal y como lo recordarás a partir de ahora:
Pues ya se va acabando el verano… sí… y qué lata ¿no? Los días se hacen más cortos, anochece antes, empieza a refrescar… pero ¿es así en todo el mundo? ¡No! ¿No? ¡No! En una pequeña aldea… digo, en una pequeña web, el verano sobrevive durante meses, poblada de irreductibles golfillas dispuestas a calentar el invierno más frío con sus fotos ligeras de ropa
Seguramente muchos ya conoceréis este lugar, para los que no, aquí teneis vuestro regalo. Señores, señores, con ustedes:
Un consejo: no dejen de pasar por la sección “CONTRIBUTORS”
Estaba perdido. La mirada penetrante, fulminante, casi furiosa, que le dirigió el director lo decía todo. Entraba tarde. En el momento más importante, justo tras la transición producida, en que clarinetes y oboés habían dado paso a los instrumentos de cuerda, él, había entrado tarde. Cuatro compases. Había tenido cuatro compases para prepararse. Cuatro compases en que violines y viola le precedían, como la lluvia precede al trueno, como el sonido absorbente de las olas, al ser engullidas por el mar, precede al golpear de estas contra la arena, contra las rocas, contra la piel. Había entrado tarde. Para el resto de la concurrida sala, nada había ocurrido susceptible de captar su atención, pero las miradas que se cruzaban entre el resto de miembros de la orquesta, denotaban que algo fuera de lugar acababa de ocurrir. El teatro había colgado el cartel de “Todo vendido” en sus taquillas esa noche. Era el concierto para violochelo y orquesta en Si menor, op. 104, de Dvorak (que se pronuncia “Borjac”, tal y como le recordaba su profesora cuando empezó sus estudios musicales a los 6 años de edad), probablemente, la pieza que más veces había ensayado en su vida: en su casa, en el estudio, en la escuela de música, mientras impartía clases, su subconsciente hacía que punteara con los dedos un mástil fabricado de aire y silencio, incluso cuando viajaba en metro, no podía evitar cerrar los ojos y dejar que la melodía volviera, una y otra vez a su cabeza. Había llegado a ser una obsesión para él. Y hoy, en la tercera noche de actuación, había ocurrido. Las gotas de sudor perlaban la frente del violonchelista. Tras de sí, los cuarentaiséis integrantes de la orquesta nacional, y el estupefacto director de orígen húngaro se preguntaban qué le había podido pasar. ¿Los nervios le habían traicionado? No, no era eso. De hecho entre su alumnado era conocido, y temido, por no levantar nunca el tono de la voz de una palabra sobre otra. Sin caer jamás en la monotonía, su voz dura, fría, casi metálica, era capaz de despertar la inquietud, y posiblemente gracias a ello, el interés, entre buena parte de los que acudían para aprender a la academia que llevaba su nombre. No, está claro que la causa de todo el asunto no habían sido los nervios. La causa, y él lo sabía del cierto, la causa estaba en el primer piso del teatro. Exactamente en el segundo palco de la derecha. Un palco que, a diferencia del resto, en que cabían alrededor de ocho o diez personas, tan solo contenía la silueta femenina de quien allí se sentaba. Exactamente la misma silueta que se había sentado allí las dos anteriores noches, en la misma soledad, en la misma penumbra. Apareciendo como por arte de magia, justo cuando él se sentaba en su posición en el escenario, y desapareciendo justo tras la primera reverencia tras acabar el concierto. Así era ella. De hecho, la primera noche no se había percatado de su presencia. Bueno, sí. La primera noche no pudo evitar sentir una “presencia”, no pudo dejar de sentirse observado, pero claro, ¡él era el solista!¡Cómo no iba a sentirse observado!La cuestión es que de conciertos, había hecho muchos, quizás demasiados, a lo largo de su carrera, y nunca jamás experimentó sensación semejante. La segunda noche sus miradas se cruzaron. Verdaderamente, no es que sus miradas se cruzaran, durante toda la actuación él no había sido capaz de dejar de mirar a la silueta alojada en las tinieblas, llegando incluso a sentir que el concierto no era concierto. Sentir que la orquesta ya no estaba allí, ni el público, ni las incandescentes luces, ni el rojo terciopelo que cubría butacas, suelo y cortinas. Llegó a imaginar que tan solo tocaba para ella, en un pseudoerótico instante que transcurrió durante los casi noventaiséis minutos de actuación, y del que tan solo despertó en el momento en que los aplausos del público le abstrajeron de nuevo a la realidad. El músico les concedió el justo tiempo de saludar con una reverencia, para a continuación descubrir que de la silueta, tan solo quedaba su ausencia. Y allí estaba ella de nuevo. En su tercera aparición. En el gran concierto del sábado noche, en que autoridades, empresarios y gente de la más alta alcúrnia de la ciudad, habían acudido a escucharle a él. Y él, había entrado tarde.Aquella noche, tras recoger su instrumento y embutirlo en la pesada funda que lo protegía de los duros golpes que da la vida del músico, se dispuso a volver hacia casa. Tras salir del camerino, los cuchichos del resto de la orquesta subieron de volumen. Un frío “Lo sé” escapó de sus labios tras pasar junto al director, mientras se dirigía a la puerta de servicio que le permitiría salir del enrarecido y enmoquetado ambiente del teatro. Justo antes de hacerlo, pero, se detuvo junto a un operario. Éste, con mono azul, camisa gris y espesa y amarillenta barba blanca faenaba con el equipo de luz. Se trataba de uno de los veteranos del teatro, que trabajaba en él desde bastante antes de la guerra, casi tan viejo como la mayoría de las butacas y columnas que cada fin de semana albergaban a un público cada vez menos selecto, a un público cada vez más escaso. Le preguntó por la mujer que en tres ocasiones había reservado el segundo palco de la derecha, el del primer piso. Quiso saber quién era. ¿El segundo palco del primer piso?¿El de la derecha?Preguntó él. Sí, el de la derecha. Señor, ése palco es el número trece, respondió. Ése palco está cerrado. Estupefacto, el músico salió a la calle y detuvo un taxi. Con la ayuda del taxista, ubicaron el violonchelo en el portaequipajes y partió, dejando el teatro atrás. Desde la otra acera, la muerte le observó alejarse.
Pues eso. Que de rebote me he encontrado esto:
La verdad es que está currado… pero demuestra mi teoria sobre los jóvenes de hoy: ESTAMOS FATAL ![]()
El simpático perro presentador que ya nos deleitó en su momento con sus burlas a los frikis que esperaban el estreno de “El ataque de los clones”, vuelve a la carga, esta vez en el festival anual de comics americano “ComicCon 2008″. El perrito ése viene a España, y estoy seguro que ni Dios le libra de la somanta de palos. Pero qué le vamos a hacer… América es América…
Pues sí. Después de todo va a resultar que, esas colas de “frikis”, durmiendo en la calle, generando expectación, apareciendo ante los medios para “celebrar” su “tan deseada adquisición”, no son más que oportunas campañas de márketing. Igual esas colas que se hacen en el Corte Ingles cuando empiezan las rebajas, son más de lo mismo… lo que nos lleva a pensar… ¿qué es real y que no? Una canción viene a mi mente… “Take de blue pill, take the red pill….”