Sorry, sorry, sorry. Sorry por el dolor de cabeza del post del otro día. Ya sabes que todo era coña. Todo no era más que “un producto de tu imaginación”, que diría el Blake. Pero cómo mola. Cómo mola el pedo que llevo. Cómo mola el ver “Airbag” contigo, y descojonarme con ella como nunca. Como mola el Lesvos. (Lesvos es un licor griego, con el dicen que hacen falta 4 personas para acabar media botella… Irene y yo nos hemos pulido una entera hoy, mano a mano, anís del bueno ) Y nada, pues que aquí estamos, tu durmiendo la mona, y yo, para variar, velándola (jamás hubo mona, ni mono, más velado). Y aunque el último brindis compartido, fuera de couldinas, previa inhalación de Loctite (registered trademark), pues que te voy a echar de menos, perra, cuando en abril me abandones y te vayas a tierras vikingas. No lo sabes tu bien. Así que nada, chula, churri, tronka, y todas esas cosas que nos llamamos, que “Hasta mañana”, “A más ver” y “Ci vediamo”. ¡Qué grande eres, Irene!
La peli se llama “Postal”. En España no se ha estrenado, y dudo mucho que lo haga, ya que sería como si en USA estrenaran “Torrente”. Simplemente, no lo entenderían. Pero si os apetece pasar un buen rato, dejaros sorprender con mal gusto, chistes fáciles, escabrosidades varias, y muchos, muchos, muchos tiros, ni “Scary Movie”, ni “American Pie”, ni nada de eso.”Postal” es vuestra película. Ahí os dejo el trailer.
A sus cuarentaiséis, ¿o eran cincuentaiséis?, llevaba ya más de media vida, dedicado a escribir historias de final infeliz. Todo sin darse cuenta de, que de todas, la más triste historia, era la que se había labrado, era la suya propia. La culpa la tenia ella, la barbie superestar, la de los ojos color verde marihuana, la que trabajaba tras la barra de un bar, en un pueblo con mar, una noche, después de un concierto… la que le había llevado a todo aquello. ¿Y qué quedaba entonces?¿Qué?… Palabras, Manolo, palabras. Ésta va por tí. Pirata, cabrón, entrañable amigo sorprendente, con el que la edad no suponía diferencia. Tú, que por lo que sé aún luchas con lo tuyo, pero sin querer queriendo ya hablo de tí en pasado, tengo la certeza de que el recuerdo que queda, es el recuerdo que vale; y ése recuerdo eres tú, dando guerra, con tu acento gallego, defendiendo lo indefendible, ante el bastión, cagándote en el hideputa que arrió la bandera, llamándole “¡Maricón!”, con esa sonrisa, tan tuya, torcida, marinera, de capitán sin barco, con esa mirada estoica, de digno rival, espadachín, pistolero, valiente… Dále, cabrón, dále. No te rindas. Que no te pueda. Manolo, joder, que no quiero echarte de menos. No te rindas, joder, no te rindas.
“Estimada Cristina: Ayer recibí una misiva de tu abogado donde me invitaba a enumerar los bienes comunes, con el fin de comenzar el proceso de disolución de nuestro vínculo matrimonial. A continuación te remito dicha lista, para que puedas solicitar la certificación al Notario (…)(…) y tener listos todos los escritos antes de la comparecencia ante el tribunal.Como verás, he dividido la lista en dos partes. Básicamente, un apartado con las cosas de nuestros cinco años de matrimonio con las que me gustaría quedarme y otra con las que te puedes quedar tú. Para cualquier duda o comentario, ya sabes que puedes llamarme al
teléfono de la oficina (de ocho a cuatro) o al móvil (hasta las once) y estaré encantado de repasar la lista contigo.
COSAS QUE DESEO CONSERVAR: - La carne de gallina que salpicó mis antebrazos cuando te vi por primera vez en la oficina.
- El leve rastro de perfume que quedó flotando en el ascensor una mañana, cuando te bajaste en la segunda planta, y yo aún no me atrevía a dirigirte la palabra.
- El movimiento de cabeza con el que aceptaste mi invitación a cenar.
- La mancha de rímel que dejaste en mi almohada la noche que por fin dormimos juntos.
- La promesa de que yo sería el único que besaría la constelación de pecas de tu pecho.
- El mordisco que dejé en tu hombro y tuviste que disimular con maquillaje porque tu vestido de novia tenía un escote de palabra de honor.
- Las gotas de lluvia que se enredaron en tu pelo durante nuestra luna de miel en Londres.
- Todas las horas que pasamos mirándonos, besándonos, hablando y tocándonos. (También las horas que pasé simplemente soñando o pensando en ti).
COSAS QUE PUEDES CONSERVAR TÚ: - Los silencios.
- Aquellos besos tibios y emponzoñados, cuyo ingrediente principal era la rutina.
- El sabor acre de los insultos y reproches.
- La sensación de angustia al estirar la mano por la noche para descubrir que tu lado de la cama estaba vacío.
- Las náuseas que trepaban por mi garganta cada vez que notaba un olor extraño en tu ropa.
- El cosquilleo de mi sangre pudriéndose cada vez que te encerrabas en el baño a hablar por teléfono con él.
- Las lágrimas que me tragué cuando descubrí aquel arañazo ajeno en tu ingle.
- Jorge y Cecilia… Los nombres que nos gustaban para los hijos que nunca llegamos a tener.
Con respecto al resto de objetos que hemos adquirido y compartido durante nuestro matrimonio (el coche, la casa, etc) solo comunicarte que puedes quedártelos todos. Al fin y al cabo sólo son eso:… objetos. Por último, recordarte el n º de teléfono de mi abogado (…….) para que tu letrado pueda contactar con él y ambos se ocupen de presentar el escrito de divorcio para ratificar nuestro convencimiento. Afectuosamente, Roberto.”
>NOTA: Carta Ganadora del III Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor.
>Web del concurso: www.escueladeescritores.com - Relato escrito por Susana López Rubio.
>Si deseas reenviarlo, no modifiques ni borres, hazlo tal cual lo recibes. Gracias.
Marquitos contaba tan solo con siete años a sus espaldas. Él se enfadaba y se hacía el ofendido cada vez que alguien le llamaba así, Marquitos, pero tampoco discutía mucho sobre ello y, cuando podía, cambiaba el rumbo de la conversa con alguna de sus payasadas para hacerles olvidar de lo que estaban hablando. En el fondo, que le llamasen Marquitos le hacía sentir especial, querido. Y eso, como a cualquier niño de siete años, le gustaba. A Marquitos le gustaba mucho pescar. No es que fuera afición repentina, sino que el haber acompañado a su abuelo, a su abuelito, en alguna ocasión, cuando venía al pueblo a pasar las vacaciones, había despertado en él la admiración, más que por el hecho de la espera, y el triunfo ante la pieza cobrada, por el ritual de preparación: el preparar la caña, el carrete, la cesta con los aparejos, las brillantes cucharillas con sus dibujitos, el cebo… La vieja cesta de mimbre que colgaba del hombro de Marquitos ésa tarde, era la misma que había pertenecido a su abuelito, pero que ahora que estaba en el cielo, ya no necesitaba más, así que él la cogía prestada y se iba a pescar al puente, de vez en cuando, a ver si había suerte. El sol de la tarde estaba siempre alto, cuando Marquitos bajaba por la calle, camino del río, y los vecinos, abuelos en su mayoría, que se sentaban a dormitar a la sombra, en la puerta de sus casas, le saludaban con una sonrisa. Todos recordaban, no hacía tanto tiempo, cuando Marquitos no bajaba solo al río, y cómo abuelo y nieto canturreaban aquella canción de Sarita Montiel que decía “Fumando espero…”. Ahora Marquitos bajaba en silencio. No tenía con quien cantar aquella canción. Ni ninguna otra. En el pueblo había más niños, pocos, sí, pero todos venían de una ciudad diferente a la suya, y le costaba hacerse un hueco entre ellos. Verdaderamente, tampoco les necesitaba. A Marquitos no le suponía ningún problema el estar solo, el jugar solo. Marquitos siempre había estado solo, así que cuando le preguntaban, no sabía cómo era el sentirse solo. Quizás ése era precisamente el problema de todo. El haber estado siempre solo, le confería un toque de madurez con el que sorprendía a unos y a otros, y era motivo especial de orgullo para su madre, quien comentaba alegremente las salidas con las que la sorprendía su Marquitos un día sí y otro también. Quizás fuera ése el problema de todo. Quizás por eso, no había nadie para decirle que no se acercara tanto al húmedo borde del río. Quizás por eso, nadie le oyó gritar cuando su pequeño cuerpo cayó al agua en un sordo chapoteo. Quizás por eso, nadie pudo evitar que el pequeño corazón de Marquitos, dejara de palpitar. Marquitos, tan solo contaba con siete años a sus espaldas. Por eso, cuando los gritos del pocero, subiendo camino del río, con el exánime y blanquecino cuerpecito de Marquitos, rompieron la tranquilidad del silencioso pueblo, todos salieron a la calle para ver qué había ocurrido. Las abuelas se cubrieron la cara con sus pañuelos, humedecidos los ojos, mientras los abuelos, con sus rostros cuarteados tras años de duro trabajo bajo el sol, contemplaban el horizonte con mirada perdida, mientras negaban con la cabeza al saber la noticia. Los lloros de la abuela de Marquitos resonaban a lo lejos. Marquitos se había ahogado. Marquitos tan solo contaba con siete años, cuando se fué al cielo con su abuelito.