Marquitos
September 22nd, 2008 yarliMarquitos contaba tan solo con siete años a sus espaldas. Él se enfadaba y se hacía el ofendido cada vez que alguien le llamaba así, Marquitos, pero tampoco discutía mucho sobre ello y, cuando podía, cambiaba el rumbo de la conversa con alguna de sus payasadas para hacerles olvidar de lo que estaban hablando. En el fondo, que le llamasen Marquitos le hacía sentir especial, querido. Y eso, como a cualquier niño de siete años, le gustaba. A Marquitos le gustaba mucho pescar. No es que fuera afición repentina, sino que el haber acompañado a su abuelo, a su abuelito, en alguna ocasión, cuando venía al pueblo a pasar las vacaciones, había despertado en él la admiración, más que por el hecho de la espera, y el triunfo ante la pieza cobrada, por el ritual de preparación: el preparar la caña, el carrete, la cesta con los aparejos, las brillantes cucharillas con sus dibujitos, el cebo… La vieja cesta de mimbre que colgaba del hombro de Marquitos ésa tarde, era la misma que había pertenecido a su abuelito, pero que ahora que estaba en el cielo, ya no necesitaba más, así que él la cogía prestada y se iba a pescar al puente, de vez en cuando, a ver si había suerte. El sol de la tarde estaba siempre alto, cuando Marquitos bajaba por la calle, camino del río, y los vecinos, abuelos en su mayoría, que se sentaban a dormitar a la sombra, en la puerta de sus casas, le saludaban con una sonrisa. Todos recordaban, no hacía tanto tiempo, cuando Marquitos no bajaba solo al río, y cómo abuelo y nieto canturreaban aquella canción de Sarita Montiel que decía “Fumando espero…”. Ahora Marquitos bajaba en silencio. No tenía con quien cantar aquella canción. Ni ninguna otra. En el pueblo había más niños, pocos, sí, pero todos venían de una ciudad diferente a la suya, y le costaba hacerse un hueco entre ellos. Verdaderamente, tampoco les necesitaba. A Marquitos no le suponía ningún problema el estar solo, el jugar solo. Marquitos siempre había estado solo, así que cuando le preguntaban, no sabía cómo era el sentirse solo. Quizás ése era precisamente el problema de todo. El haber estado siempre solo, le confería un toque de madurez con el que sorprendía a unos y a otros, y era motivo especial de orgullo para su madre, quien comentaba alegremente las salidas con las que la sorprendía su Marquitos un día sí y otro también. Quizás fuera ése el problema de todo. Quizás por eso, no había nadie para decirle que no se acercara tanto al húmedo borde del río. Quizás por eso, nadie le oyó gritar cuando su pequeño cuerpo cayó al agua en un sordo chapoteo. Quizás por eso, nadie pudo evitar que el pequeño corazón de Marquitos, dejara de palpitar. Marquitos, tan solo contaba con siete años a sus espaldas. Por eso, cuando los gritos del pocero, subiendo camino del río, con el exánime y blanquecino cuerpecito de Marquitos, rompieron la tranquilidad del silencioso pueblo, todos salieron a la calle para ver qué había ocurrido. Las abuelas se cubrieron la cara con sus pañuelos, humedecidos los ojos, mientras los abuelos, con sus rostros cuarteados tras años de duro trabajo bajo el sol, contemplaban el horizonte con mirada perdida, mientras negaban con la cabeza al saber la noticia. Los lloros de la abuela de Marquitos resonaban a lo lejos. Marquitos se había ahogado. Marquitos tan solo contaba con siete años, cuando se fué al cielo con su abuelito.