Otra vez
Marcos estaba solo. Otra vez. De nuevo volvía a experimentar ésa extraña sensación, ése vacío, en la cabeza, en el estómago. En los huesos. Como si no perteneciera a ningún lugar, a ningún momento. Se imaginaba la vida como un arroyo al fluir, con hojas, en lugar de personas, danzando, caprichosas, en su superficie, hacia su destino. Y no conseguía, de ninguna manera, imaginarse a sí mismo, ahí, danzando, junto a las otras hojas, hundiéndose y volviendo a reflotar, para volver a hundirse de nuevo. El frío invierno de la soledad había entrado de nuevo en su vida, consumiendo las pocas esperanzas que le quedaban. Tan pronto. El frío había vuelto. El maldito frío. Sus manos, torpes ya de por sí, hacía días que ya lo estaban. Frías, como el hielo. Ella lo había notado. ¡Y cómo! Pero ni en el más alto clímax, habían experimentado cambio alguno. Seguían frías. ¿Hasta cuando? ¿Abril? ¿Mayo? ¿Estaría ella entonces para verlo?¿Para sentirlo?¿Para pedirle que la abrazara durante la noche?¿O entonces el problema sería que haría demasiado calor? Siempre lo mismo, o hacía demasiado frío, o hacía demasiado calor, y cuando no, porque ni hacía frío, ni hacía calor. Pero ¿y él?¿qué culpa tenía de todo ello? Problemas. Se lo dijo un amigo. Pro-ble-mas. Pero, qué le vas a hacer. A Marcos siempre le gustaron los problemas. Dónde coño estarán los guantes…
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