paranoias

Tommy

November 26th, 2008 yarli

Thomas P. Kirby. Sales Manager. O eso es lo que ponía en oscuras letras en el pedazo de hojalata alargado que adornaba su mesa. Quizás tendrían que haber puesto “Thomas P. Kirby. Rotundo fracasado“. O quizás mejor “Aquí se sentó Thomas P. Kirby. Sentarse, fué lo único que hizo bien“, pero algo tan largo no cabría, y de caber, seguramente nadie se tormaría la maldita molestia en escribirlo . Así estaban los ánimos de Tommy aquella mañana de martes. Hay que joderse. Llevaba casi 15 años trabajando para la misma compañía. 15 años. Se dice pronto. Y a lo máximo que había llegado era a que le pusieran una placa de hojalata bañada en algún material, probablemente de elevada toxicidad, pretendiendo emular oro puro (¡já!). Menudo éxito. Con dos carreras y un máster en venta comercial a sus espaldas, no lo había logrado. Esos estudios no habían sido suficientes para llegar a… para llegar a… a… ¿a qué? ¿a dónde? Ya ni se acordaba de qué era lo que quería ser “cuando fuera mayor”. Ahora solo pensaba en que llegara el final de la jornada para poder levantar el culo de la silla y llegar a casa, donde echarse un buen trago de whisky y ver el programa de la tele que dieran esa noche hasta quedarse dormido en el sofá. Mañana, mañana será diferente. ¿Y qué más? querrán saber ustedes. ¿Y qué más? Nada. Nada de nada. Tan solo esperar a que llegaran las 6:55 de la mañana y Don Travis y su empalagosa voz de cachondo engominado le despertara con su “Just 5 minutes to seven o´clock, baby. ¿Did you were a good girl last night? Come´n! Let´s Rock“, al son de la estridente canción rockera del momento. Vay asco de frase, si al menos la cambiara de vez en cuando… Tommy odiaba a Don Travis y más aún, si cabe, odiaba su puta frase matutina. De hecho, Tom, odiaba su programa (Awaking with Rock) y odiaba también la emisora desde donde lo emitían, la WKLF, la emisora más radiada en su estado. Todo ese odio es lo que le ayudaba a levantarse cada mañana y prepararse para ir a trabajar. Y trabajar ¿dónde? se preguntarán. Pues claro. A trabajar a la “Stanton and Philips Perma-ink Industries Ltd”. O lo que viene a ser lo mismo: la fábrica de Típex. De hecho, el propio Típex hacía años que ya no se fabricaba allí: la elevada toxicidad del producto junto una “misteriosa” serie de abortos espontáneos y malformaciones fetales, entre las empleadas de la compañía (empleadas silenciadas con suculentos cheques nominativos) hicieron trasladar la manufactoría a otra ciudad. De hecho, a otro país. De hecho, a otro continente. Seguramente en esos momentos, en algún lugar de la India o Filipinas, algun grupo de fanáticos religiosos estaría venerando alguno de esos bebés con cuatro brazos y tres piernas, obsequio de la difen… difenilt… ¡difeniletilamina! como si del advenimiento de la diosa Kali se tratase. Qué se le va a hacer. Vivimos en un mundo capitalista. Que se lo expliquen a la madre de la criatura, cuando tenga que comprar guantes, o calzado… Bueno, el hecho es que en la antigua fábrica es donde se encuentra la mayor sede de importación-exportación y ventas de la compañía, a lo largo de toda la costa Este. Y ahí es donde Tommy se había estado arrastrando durante esos últimos 15 años. ¿Para qué? Para acabar consiguiendo la maldita pieza de latón con su maldito “Thomas P. Kirby. Sales Manager“. Pero hoy, hoy va a ser diferente. Hoy Tommy, el viejo Tom, ha llegado a la oficina, puntual, como siempre. Bueno, como siempre no. Hoy ha llegado, pero sin ganas de trabajar. Hoy es “su día” y así lo ha decidido él, y nada, ni nadie se lo va a arruinar. Quizás ésa sea una de las razones por las que hoy, Tommy, no ha guardado tan solo su sandwich de pavo en la cartera, no. Tom está harto. Tom ya ha tenido suficiente. Está hasta la coronilla. Ya no puede más. Ni del Sr. Stanton Jr, ni de la finolis de su secretaria, ni de los imbéciles que tiene por compañeros. Hoy Tom está harto hasta del personal de la limpieza. Hoy Tom está aburrido del todo. Hoy Tom, le va a poner final. Por algo ése peso, dentro de su cartera, golpea su pierna con cada paso que dá. Por algo, Tom, hoy se ha traído su Magnum 45 al trabajo. El mismo con el que su padre se suicidó, de un tiro en la sien, cuando él tan solo contaba 12 años. El mismo Magnum 45 que él ha mordido tantas noches, ya amartillado, llorando como un niño, sin conseguir reunir el valor suficiente para apretar el gatillo. El mismo Magnum 45 con el que Tom ha decidido cambiar el rumbo de su vida. Por algo, hoy va a ser un dia diferente. Hoy es el dia de Tom.

Estimada Cristina

September 23rd, 2008 yarli

“Estimada Cristina: Ayer recibí una misiva de tu abogado donde me invitaba a enumerar los bienes comunes, con el fin de comenzar el proceso de disolución de nuestro vínculo matrimonial. A continuación te remito dicha lista, para que puedas solicitar la certificación al Notario (…)(…) y tener listos todos los escritos antes de la comparecencia ante el tribunal.Como verás, he dividido la lista en dos partes. Básicamente, un apartado con las cosas de nuestros cinco años de matrimonio con las que me gustaría quedarme y otra con las que te puedes quedar tú. Para cualquier duda o comentario, ya sabes que puedes llamarme al
teléfono de la oficina (de ocho a cuatro) o al móvil (hasta las once) y estaré encantado de repasar la lista contigo.

COSAS QUE DESEO CONSERVAR:
- La carne de gallina que salpicó mis antebrazos cuando te vi por primera vez en la oficina.
- El leve rastro de perfume que quedó flotando en el ascensor una mañana, cuando te bajaste en la segunda planta, y yo aún no me atrevía a dirigirte la palabra.
- El movimiento de cabeza con el que aceptaste mi invitación a cenar.
- La mancha de rímel que dejaste en mi almohada la noche que por fin dormimos juntos.
- La promesa de que yo sería el único que besaría la constelación de pecas de tu pecho.
- El mordisco que dejé en tu hombro y tuviste que disimular con maquillaje porque tu vestido de novia tenía un escote de palabra de honor.
- Las gotas de lluvia que se enredaron en tu pelo durante nuestra luna de miel en Londres.
- Todas las horas que pasamos mirándonos, besándonos, hablando y tocándonos. (También las horas que pasé simplemente soñando o pensando en ti).

COSAS QUE PUEDES CONSERVAR TÚ:
- Los silencios.
- Aquellos besos tibios y emponzoñados, cuyo ingrediente principal era la rutina.
- El sabor acre de los insultos y reproches.
- La sensación de angustia al estirar la mano por la noche para descubrir que tu lado de la cama estaba vacío.
- Las náuseas que trepaban por mi garganta cada vez que notaba un olor extraño en tu ropa.
- El cosquilleo de mi sangre pudriéndose cada vez que te encerrabas en el baño a hablar por teléfono con él.
- Las lágrimas que me tragué cuando descubrí aquel arañazo ajeno en tu ingle.
- Jorge y Cecilia… Los nombres que nos gustaban para los hijos que nunca llegamos a tener.

Con respecto al resto de objetos que hemos adquirido y compartido durante nuestro matrimonio (el coche, la casa, etc) solo comunicarte que puedes quedártelos todos. Al fin y al cabo sólo son eso:… objetos. Por último, recordarte el n º de teléfono de mi abogado (…….) para que tu letrado pueda contactar con él y ambos se ocupen de presentar el escrito de divorcio para ratificar nuestro convencimiento. Afectuosamente, Roberto.”

>NOTA: Carta Ganadora del III Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor.
>Web del concurso:
www.escueladeescritores.com - Relato escrito por Susana López Rubio.
>Si deseas reenviarlo, no modifiques ni borres, hazlo tal cual lo recibes. Gracias.

Marquitos

September 22nd, 2008 yarli

Marquitos contaba tan solo con siete años a sus espaldas. Él se enfadaba y se hacía el ofendido cada vez que alguien le llamaba así, Marquitos, pero tampoco discutía mucho sobre ello y, cuando podía, cambiaba el rumbo de la conversa con alguna de sus payasadas para hacerles olvidar de lo que estaban hablando. En el fondo, que le llamasen Marquitos le hacía sentir especial, querido. Y eso, como a cualquier niño de siete años, le gustaba. A Marquitos le gustaba mucho pescar. No es que fuera afición repentina, sino que el haber acompañado a su abuelo, a su abuelito, en alguna ocasión, cuando venía al pueblo a pasar las vacaciones, había despertado en él la admiración, más que por el hecho de la espera, y el triunfo ante la pieza cobrada, por el ritual de preparación: el preparar la caña, el carrete, la cesta con los aparejos, las brillantes cucharillas con sus dibujitos, el cebo… La vieja cesta de mimbre que colgaba del hombro de Marquitos ésa tarde, era la misma que había pertenecido a su abuelito, pero que ahora que estaba en el cielo, ya no necesitaba más, así que él la cogía prestada y se iba a pescar al puente, de vez en cuando, a ver si había suerte. El sol de la tarde estaba siempre alto, cuando Marquitos bajaba por la calle, camino del río, y los vecinos, abuelos en su mayoría, que se sentaban a dormitar a la sombra, en la puerta de sus casas, le saludaban con una sonrisa. Todos recordaban, no hacía tanto tiempo, cuando Marquitos no bajaba solo al río, y cómo abuelo y nieto canturreaban aquella canción de Sarita Montiel que decía “Fumando espero…”. Ahora Marquitos bajaba en silencio. No tenía con quien cantar aquella canción. Ni ninguna otra. En el pueblo había más niños, pocos, sí, pero todos venían de una ciudad diferente a la suya, y le costaba hacerse un hueco entre ellos. Verdaderamente, tampoco les necesitaba. A Marquitos no le suponía ningún problema el estar solo, el jugar solo. Marquitos siempre había estado solo, así que cuando le preguntaban, no sabía cómo era el sentirse solo. Quizás ése era precisamente el problema de todo. El haber estado siempre solo, le confería un toque de madurez con el que sorprendía a unos y a otros, y era motivo especial de orgullo para su madre, quien comentaba alegremente las salidas con las que la sorprendía su Marquitos un día sí y otro también. Quizás fuera ése el problema de todo. Quizás por eso, no había nadie para decirle que no se acercara tanto al húmedo borde del río. Quizás por eso, nadie le oyó gritar cuando su pequeño cuerpo cayó al agua en un sordo chapoteo. Quizás por eso, nadie pudo evitar que el pequeño corazón de Marquitos, dejara de palpitar. Marquitos, tan solo contaba con siete años a sus espaldas. Por eso, cuando los gritos del pocero, subiendo camino del río, con el exánime y blanquecino cuerpecito de Marquitos, rompieron la tranquilidad del silencioso pueblo, todos salieron a la calle para ver qué había ocurrido. Las abuelas se cubrieron la cara con sus pañuelos, humedecidos los ojos, mientras los abuelos, con sus rostros cuarteados tras años de duro trabajo bajo el sol, contemplaban el horizonte con mirada perdida, mientras negaban con la cabeza al saber la noticia. Los lloros de la abuela de Marquitos resonaban a lo lejos. Marquitos se había ahogado. Marquitos tan solo contaba con siete años, cuando se fué al cielo con su abuelito.

El músico

August 27th, 2008 yarli

Estaba perdido. La mirada penetrante, fulminante, casi furiosa, que le dirigió el director lo decía todo. Entraba tarde. En el momento más importante, justo tras la transición producida, en que clarinetes y oboés habían dado paso a los instrumentos de cuerda, él, había entrado tarde. Cuatro compases. Había tenido cuatro compases para prepararse. Cuatro compases en que violines y viola le precedían, como la lluvia precede al trueno, como el sonido absorbente de las olas, al ser engullidas por el mar, precede al golpear de estas contra la arena, contra las rocas, contra la piel. Había entrado tarde. Para el resto de la concurrida sala, nada había ocurrido susceptible de captar su atención, pero las miradas que se cruzaban entre el resto de miembros de la orquesta, denotaban que algo fuera de lugar acababa de ocurrir. El teatro había colgado el cartel de “Todo vendido” en sus taquillas esa noche. Era el concierto para violochelo y orquesta en Si menor, op. 104, de Dvorak (que se pronuncia “Borjac”, tal y como le recordaba su profesora cuando empezó sus estudios musicales a los 6 años de edad), probablemente, la pieza que más veces había ensayado en su vida: en su casa, en el estudio, en la escuela de música, mientras impartía clases, su subconsciente hacía que punteara con los dedos un mástil fabricado de aire y silencio, incluso cuando viajaba en metro, no podía evitar cerrar los ojos y dejar que la melodía volviera, una y otra vez a su cabeza. Había llegado a ser una obsesión para él. Y hoy, en la tercera noche de actuación, había ocurrido. Las gotas de sudor perlaban la frente del violonchelista. Tras de sí, los cuarentaiséis integrantes de la orquesta nacional, y el estupefacto director de orígen húngaro se preguntaban qué le había podido pasar. ¿Los nervios le habían traicionado? No, no era eso. De hecho entre su alumnado era conocido, y temido, por no levantar nunca el tono de la voz de una palabra sobre otra. Sin caer jamás en la monotonía, su voz dura, fría, casi metálica, era capaz de despertar la inquietud, y posiblemente gracias a ello, el interés, entre buena parte de los que acudían para aprender a la academia que llevaba su nombre. No, está claro que la causa de todo el asunto no habían sido los nervios. La causa, y él lo sabía del cierto, la causa estaba en el primer piso del teatro. Exactamente en el segundo palco de la derecha. Un palco que, a diferencia del resto, en que cabían alrededor de ocho o diez personas, tan solo contenía la silueta femenina de quien allí se sentaba. Exactamente la misma silueta que se había sentado allí las dos anteriores noches, en la misma soledad, en la misma penumbra. Apareciendo como por arte de magia, justo cuando él se sentaba en su posición en el escenario, y desapareciendo justo tras la primera reverencia tras acabar el concierto. Así era ella. De hecho, la primera noche no se había percatado de su presencia. Bueno, sí. La primera noche no pudo evitar sentir una “presencia”, no pudo dejar de sentirse observado, pero claro, ¡él era el solista!¡Cómo no iba a sentirse observado!La cuestión es que de conciertos, había hecho muchos, quizás demasiados, a lo largo de su carrera, y nunca jamás experimentó sensación semejante. La segunda noche sus miradas se cruzaron. Verdaderamente, no es que sus miradas se cruzaran, durante toda la actuación él no había sido capaz de dejar de mirar a la silueta alojada en las tinieblas, llegando incluso a sentir que el concierto no era concierto. Sentir que la orquesta ya no estaba allí, ni el público, ni las incandescentes luces, ni el rojo terciopelo que cubría butacas, suelo y cortinas. Llegó a imaginar que tan solo tocaba para ella, en un pseudoerótico instante que transcurrió durante los casi noventaiséis minutos de actuación, y del que tan solo despertó en el momento en que los aplausos del público le abstrajeron de nuevo a la realidad. El músico les concedió  el justo tiempo de saludar con una reverencia, para a continuación descubrir que de la silueta, tan solo quedaba su ausencia. Y allí estaba ella de nuevo. En su tercera aparición. En el gran concierto del sábado noche, en que autoridades, empresarios y gente de la más alta alcúrnia de la ciudad, habían acudido a escucharle a él. Y él, había entrado tarde.Aquella noche, tras recoger su instrumento y embutirlo en la pesada funda que lo protegía de los duros golpes que da la vida del músico, se dispuso a volver hacia casa. Tras salir del camerino, los cuchichos del resto de la orquesta subieron de volumen. Un frío “Lo sé” escapó de sus labios tras pasar junto al director, mientras se dirigía a la puerta de servicio que le permitiría salir del enrarecido y enmoquetado ambiente del teatro. Justo antes de hacerlo, pero, se detuvo junto a un operario. Éste, con mono azul, camisa gris y espesa y amarillenta barba blanca faenaba con el equipo de luz. Se trataba de uno de los veteranos del teatro, que trabajaba en él desde bastante antes de la guerra, casi tan viejo como la mayoría de las butacas y columnas que cada fin de semana albergaban a un público cada vez menos selecto, a un público cada vez más escaso. Le preguntó por la mujer que en tres ocasiones había reservado el segundo palco de la derecha, el del primer piso. Quiso saber quién era. ¿El segundo palco del primer piso?¿El de la derecha?Preguntó él. Sí, el de la derecha. Señor, ése palco es el número trece, respondió. Ése palco está cerrado. Estupefacto, el músico salió a la calle y detuvo un taxi. Con la ayuda del taxista, ubicaron el violonchelo en el portaequipajes y partió, dejando el teatro atrás. Desde la otra acera, la muerte le observó alejarse.

Nunca más

August 17th, 2008 yarli

Su mano palpaba la pared, en medio de la oscuridad, buscando el interruptor. Tras golpear inutilmente contra el tabique en varias ocasiones, finalmente logró que ésta se encendiera. El lavabo se iluminó. A primera vista, todo seguía igual. Su vaso, con su solitario cepillo de dientes, reposaba junto al jabón, aromático, de manos. Los cromados de los grifos, el espejo, y la cuchilla en el borde de la estantería, junto al after shave y los perfumes, brillaban con luz propia, bajo el reflejo de las tres incadescentes luces. La cuarta estaba fundida. Se dirigió al inodoro. Levantó la tapa, y a continuación se sentó sobre el vidé. La luz, alojada en el fondo de la taza del water, reflejaba su contorno, distorsionadamente, como si en una casa de espejos se encontrase. Resultaba curioso. Cuantas veces en su vida, había abrazado aquella taza y nunca jamás se había percatado de ello. La consecuencia se debía, pensó, a que, seguramente, en la mayoría, por no decir, todas las ocasiones, su alcohólico estado, no le permitía percatarse de detalles como ése. Hoy era diferente. Igual sí que estaba regado de cerveza. De hecho, el pestañear resultaba una tarea más complicada de lo normal, al pegarse los párpados cada vez que el ojo se cerraba. Pero, fuera de la norma, hoy miraba ésa taza completamente sobrio. Y no sobrio porque él no quisiera. Porque intentarlo lo había intentado. Sino sobrio porque no había más remedio. Tras un dia de ingesta contínua de alcohol, su cuerpo había llegado a un punto en que, por más que lo intentara, no había forma de perder el sentido. Y eso, eso, le repateaba. No es que fuera un alcoholico, no. Es más, no él no era una persona dada a lo de beber, salvo en noches de fiesta y vigilias varias, pero ésta noche había empezado demasiado pronto, poco despues del mediodía, y había acabado más pronto aún, poco después de la media noche. Pero el hecho que le habia llevado aquí era otro. Ella estaba en su cabeza. Una peculiar imagen que día tras día se había ido deteriorando, y metamorfoseando en algo que era incapaz de reconocer. Resulta curioso que, tras todo ese tiempo, su imagen perdurara en su memoria, pero esto, es algo de lo que él se sabe incapaz de remediar. La cuestión final es que, ahí estaba él. Con su traje recién estrenado, su camisa, su corbata, sus calcetines de ejecutivo (los zapatos se habían quedado en la entrada, con el calor que hacía prefería andar descalzo por casa) y un cartón de tabaco. Curiosa la imagen, como salida de una foto surrealista evocando el decaer de la sociedad ante sus temores, del gran ejecutivo ante la realidad animal-socialítica humana (y es que, por mucho que lo niegue, al ser que más visita un ser humano, es al inodoro) Y ahí estaba él. Desprecintando, una a una, todas las cajas de Marlboro. Depositando el papel plateado junto al plástico precinto en el hueco entre sus piernas, para abrirlas, una a una, y dejar caer al agua, quizás demasiado melodramáticamente, cada uno de los cigarrillos que había en ellas. Nunca más, meditaba durante el proceso. Nunca más. Cuántas veces había pensado lo mismo, y cuántas veces había vuelto a caer. Nunca más, se decía. Nunca más. Uno a uno, los cigarrillos se iban descomponiendo en una masa informe, tras sumergirse y surgir reflotados del agua, recordándole el triste tañir de la reciente campana. Nunca más. Nunca más. Él se lo había arrebatado todo. Él se la había llevado. Nunca más, ella volvería a estar a su lado. Nunca más volvería a sentir cuán sensual resultaba con uno de ésos cirgarrillos en sus labios. Nunca más. Lanzó el último cigarro, y a continuación, sin ni siquiera mirar, un torbellino de agua los arrastró. Apagó la luz y, ya en su butaca, en silencio, en plena oscuridad, se dispuso a pensar en qué vendría a continuación. Nunca más.

Marcos

August 5th, 2008 yarli

“Estoy muerto” pensó Marcos mientras apuraba el útlimo cigarrillo de Lucki que le quedaba, y lanzaba la colilla a las ruedas del tren que se acercaba. “Estoy muerto”. El chirrido de las ruedas al frenar le hizo volver a la realidad, la realidad de la rutina, de la ciudad, que volvía a envolverle con su tráfico, con sus pantallas publicitarias, con las voces en off invitándole a comprar lo que no se podría nunca permitir. Se sentó en el solitario vagón, y esperó a que éste se pusiera en marcha. Uno de esos periódicos gratuitos captó su atención. “Crisis”. No te jode. “Estoy muerto”, volvió a pensar. Los pasajeros fueron subiendo. Un tipo con pinta de profesor subía a duras penas la bicicleta por la puerta de entrada. La pinta de profesor le venía de las gafas de pasta pasadas de moda, el pantalon de pinza con la camisa a cuadros, y el calcetín por encima de la pernera del pantalón, que ahora ya a bordo, se colocaba bien, para no engancharse la bajera con la cadena. La señora Gertrudis subía con sus bolsas del Corte Inglés. Seguro que el marido le echaría la bronca al llegar a casa, al ver como ésta se dilapidaba la pensión de ambos en joyas que seguramente acabaría perdiendo en la playa. “Estoy muerto”. Una sonrisa perlada le saludaba desde la pared invitándole a acudir, primera cita gratuita, a la nueva franquicia odontológica de turno. Detrás suyo, una madre de origuen sudamericano movía impaciente el carrito en el que un niño berreaba como si le fuera la vida en ello. “Ahora entiendo que algunas especies devoren a sus crías” musitó Marcos por lo bajo. El profesor le miró sorprendido y con cara de asco. La verdad es que sus pintas, tras ése último fin de semana, no dejaban lugar para otro tipo de miradas. Un pitido, el sonido de una campana y, con una leve sacudida, el tren se puso en marcha. “Estoy muerto” pensó Marcos, mientras la cruda realidad de señales de tráfico, de luces, escaparates y el bullicio de la gente volvía a rodearle de nuevo. “Estoy muerto”.