May 28th, 2009 yarli
El sonido sibilante que surgía de su aliento le recordaba al Camel, al Marlboro, al Nobel… a esos cigarros que, en el transcurso de una nueva e inolvidable velada, habían circulado por sus vías respiratorias. Una noche más, dirían unos, una noche menos, dirían otros. Para él, tan solo otra noche. ¿Otra noche? Igual no. Ésta había tenido algo de muy especial. Algo, algo que había hecho que se percatara de una evidencia rotunda: se estaba haciendo mayor. La gente que había transcurrido por su vida, los amigos, las parejas, los no tan amigos, los (y las) que habían quedado por conocer… todos, y todas, estaban ahí. Como si de una puerta fictícia se tratara. Llamando unos, y é a su vez, abriendo o haciendo oídos sordos al sonido de los nudillos al golpear en el dintel… A veces todo es muy complicado, pensaba. ¡Qué narices! Todo había cambiado. Él ya no era el que había sido, y muy seguramente, jamás lo volviera a ser. Echaba de menos tantas cosas… Aquellas llamadas, a las tantas de la madrugada, entre lágrimas, diciendo “Te echo de menos”… Aquellos gestos, aquellas sonrisas, aquellas caricias… todo, absolutamente todo, había cambiado. Ésa había sido su apuesta. Un todo o nada. Y… ¿acaso había ganado?¿Había perdido? Esto, como decía su tío, esto es como la guerra, ni unos ganan, ni unos pierden, todos pierden. Y quizás, tan solo quizás, tuviera más razón de la que hubiera querido tener. A veces, sin darte cuenta, te haces mayor. Y cuando descubres que ha pasado… ya es tarde, chaval, ya es tarde.
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April 5th, 2009 yarli
Décimo tercera planta del Waldorf Astoria. Suite Maison DuLux. La habitación estrella, de las más de noventa que posee el gran gigante hotelero en sólo ése edificio. Instantánea del pasillo. De éste lado, las doradas puertas del ascensor privado que, mediante la pulsación del solitario botón que se dibuja a su derecha, dirige que sea seguramente ilústre ocupante de ésa sección del hotel, directo a la planta baja y al párking, a la par que permite con facilidad el acceso a esa sección privada, y desde el mismo parking, a visitas esporádicas con fines meramente carnales. Frente a sus puertas el largo pasillo de moqueta roja, donde los broncíneos detalles del lacado de las lámparas que se suceden, una tras otra, a los lados de las empapeladas paredes de la suite, y brillan, junto con cada uno de los pomos que abren las diferentes puertas del servicio específico que su contratación incluye, contrastan con los regueros de sangre que se dibujan en la moqueta, en las paredes y en el techo, algunos rodeando los exánimes cuerpos de lo que en su momento fue la élite de la protección personal del suntuoso jeque. Los surcos sanguinolentos que resbalan poco a poco por las paredes, dibujan con precisión el trazo de los golpes, cortes y disparos, provocando al espectador, la sensación de poder presenciar el antes y el despues de la masacre, como si en una máquina reproductora con stop-motion se tratara. Los cadáveres, contemplan con la mirada perdida las figuras que se dibujan en el papel de las paredes, figuras que se distorsionan a la vez que la savia que ha abandonado sus cuerpos, genera nuevas y grotescas formas en el mismo color que el papel original, haciendo dificil discernir si algunas de esas huellas ya estaban ahí antes de semejante matanza. Bajo el dintel de una de las puertas, aun se puede observar una mano amputada, cercenada con precisión quirúrjica, fruto del fallido intento de huida de uno de los entrajados secuaces. De hecho, y para su desgracia, no acabó siendo el último miembro amputado. Su cuerpo decapitado aparece arrodillado, recostado junto a la puerta, mientras que la cabeza que se aposentaba en él, aparece al final del pasillo, tras una serie de manchas sanguinolentas que permiten apreciar el angulo y el efecto con el que ésta fue rondando hasta tocar con la puerta cerrada al fondo. Ésa puerta, la de la entrada a los aposentos de la suite, permanece cerrada. De estilo clásico, destaca sobre el resto de puertas, además de por ser el doble de grande, por poseer una manecilla con detalles barrocos, brillos y relieves, y más brillos y más relieves, que sobresalen sobre el resto de puertas, y por disponer de un dorado golpeador, cruel coincidencia, que simula ser una dorada mano sosteniendo una bola metálica de igual color. Justo de detrás de esa puerta, es de donde provienen los suplicantes y desgarradores gritos que han perturbado el sueño de Tomás, agente de seguros, alojado un piso más abajo.
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January 25th, 2009 yarli
Óscar se acaba de ir. Su novia, le ha vuelto a llamar, por enésima vez. Pero a diferencia de las anteriores, la amenaza de cerrar la puerta con llave para no volver a dejarlo entrar nunca más ha surtido efecto. Calzonazos. Hace un par de años, un argumento como ése no habría bastado. “En casa de Marcos hay sitio, hasta mañana cariño!” hubiera sido su respuesta. Pero ya no. Óscar se ha hecho mayor. Como Marcos. Como yo. Parece mentira. Continuamos yendo a los mismos garitos de hace… de hace… ¿cuánto? ¿cinco?¿seis?….¿diez años? Continuamos haciendo las mismas cosas. Bueno, las mismas las mismas no. Óscar ahora cambia pañales. Cuando no le queda más remedio. Menudo fiera. Siempre quiso vivir deprisa. ¿Quién fué el primero en comprarse el coche? Óscar. ¿Quién se hipotecó cuando los demás no sabían siquiera lo que era una hipoteca? Óscar. ¿Quién se casó con Susana, nuestra Susana, la que nos había iniciado a todos en las artes… ejem… amorosas, antes que nadie? Óscar, of course. Increíble pero cierto. Y no veas qué genio. En el momento que tuvo a Óscar cogido por los huevos, dejó de ser Susana, para convertirse en una versión optimizada de la teniente O´neil. Por versión optimizada, se entiende con más mala óstia, si cabe. Y ahí está Óscar, corriendo, a las 2 y pico de la mañana, para su piso de 54 m2 en Les Corts. Menudo fiera. Y aquí nos quedamos Marcos y yo. Marcos está jodido, por eso nos hemos reunido hoy. El ritmo de vida, el trabajo, las parejas (y los hijos de las parejas) hacen que cada vez nos veamos menos. Y eso, se nota. De golpe observas como a tus colegas les aparecen canas, marcas bajo los ojos, gestos de cansancio, de rendición… y entonces te das cuenta de que tú también muestras esos signos, esas marcas… te haces mayor. Joder. Mayor. Qué feo suena eso. Antes quedabas y el tirarse el eructo más sonoro (o cualquier tipo de ventosidad pareja en mayor “ancho de banda”) era motivo de risas, chanzas y demás. Ahora te sacan la foto del retoño y te dicen “¡Ya sabe contar hasta tres!”. El muy jodío, ya cuenta hasta tres. Manda huevos. La madre de Marcos no está bien, pero esta noche no hemos quedado para hablar de ello. Es algo que lleva en silencio, y pese a que le animamos a que lo comparta, le cuesta. Siempre ha sido un personaje peculiar. Marquitos. Un líder. Ya de pequeños era el que tomaba siempre las decisiones. Cómo me gustaría volver a verle en su papel. “Susórdenes, ¡señor!”. Joder, en la mili fué el único que se fue para casa sin un solo bofetón. Horas de calabozo, las que quieras. (Corre el rumor de que, de tanto tiempo que allí pasaba, hasta le pusieron una tele…) pero, son cosas que él no explica. Normalmente no habla demasiado, es de los que escucha (no entiendo cómo es que tendrá tantos problemas con las tías). Simplemente se limita a sonreir, con esa mueca que no sabes si es de dolor, de ironia, o de que simplemente algo en su cabeza le ha hecho recordar algo gracioso. Vaya figura que está hecho. Esta noche me toca animarlo, me ha dicho: “Quiero evadirme un rato de los malos rollos, tío. Anda, cuéntame tus últimas andanzas amorosas. ¿Qué le pasó a la última?¿Es verdad que tenía una pierna de madera?”. Y ahí estamos, dos amigos, cuatro cervezas y yo contando la anécdota de cuando la llevaba en moto al cine, y tuvimos que dar la vuelta en la ronda de dalt, porque, sí, la pierna era de madera, y la correa le bailaba. ¡Qué pitote! ¡No sé ni como estoy aún vivo! Y yo, explicándole la situación con todo lujo de detalles: “Es que nos tenías que haber visto, macho. En plan, ella apoyada en la pared, roja roja de verguenza, los coches zumbando a toda óstia y pitando como locos, y yo, mientras, en medio de la vía, con su pierna acabada en una zapatito de charol rojo bajo el brazo y esquivando las luces que me venían de cara!¡Vaya acojone, tío, vaya acojone!”. Y Marcos, por un momento parece olvidar esos problemas que se le han venido encima, así, a bote pronto, para no poder parar de reír, el muy cabrón. La gente del bar ya nos mira ante tanta chanza. Y me doy cuenta de que, momentos como ése, de amigos, de cerveza, de cigarrito, de gran historia y sobretodo, de muchas risas, son los que me hacen sentir un poquito más feliz.
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November 26th, 2008 yarli
Thomas P. Kirby. Sales Manager. O eso es lo que ponía en oscuras letras en el pedazo de hojalata alargado que adornaba su mesa. Quizás tendrían que haber puesto “Thomas P. Kirby. Rotundo fracasado“. O quizás mejor “Aquí se sentó Thomas P. Kirby. Sentarse, fué lo único que hizo bien“, pero algo tan largo no cabría, y de caber, seguramente nadie se tormaría la maldita molestia en escribirlo . Así estaban los ánimos de Tommy aquella mañana de martes. Hay que joderse. Llevaba casi 15 años trabajando para la misma compañía. 15 años. Se dice pronto. Y a lo máximo que había llegado era a que le pusieran una placa de hojalata bañada en algún material, probablemente de elevada toxicidad, pretendiendo emular oro puro (¡já!). Menudo éxito. Con dos carreras y un máster en venta comercial a sus espaldas, no lo había logrado. Esos estudios no habían sido suficientes para llegar a… para llegar a… a… ¿a qué? ¿a dónde? Ya ni se acordaba de qué era lo que quería ser “cuando fuera mayor”. Ahora solo pensaba en que llegara el final de la jornada para poder levantar el culo de la silla y llegar a casa, donde echarse un buen trago de whisky y ver el programa de la tele que dieran esa noche hasta quedarse dormido en el sofá. Mañana, mañana será diferente. ¿Y qué más? querrán saber ustedes. ¿Y qué más? Nada. Nada de nada. Tan solo esperar a que llegaran las 6:55 de la mañana y Don Travis y su empalagosa voz de cachondo engominado le despertara con su “Just 5 minutes to seven o´clock, baby. ¿Did you were a good girl last night? Come´n! Let´s Rock“, al son de la estridente canción rockera del momento. Vay asco de frase, si al menos la cambiara de vez en cuando… Tommy odiaba a Don Travis y más aún, si cabe, odiaba su puta frase matutina. De hecho, Tom, odiaba su programa (Awaking with Rock) y odiaba también la emisora desde donde lo emitían, la WKLF, la emisora más radiada en su estado. Todo ese odio es lo que le ayudaba a levantarse cada mañana y prepararse para ir a trabajar. Y trabajar ¿dónde? se preguntarán. Pues claro. A trabajar a la “Stanton and Philips Perma-ink Industries Ltd”. O lo que viene a ser lo mismo: la fábrica de Típex. De hecho, el propio Típex hacía años que ya no se fabricaba allí: la elevada toxicidad del producto junto una “misteriosa” serie de abortos espontáneos y malformaciones fetales, entre las empleadas de la compañía (empleadas silenciadas con suculentos cheques nominativos) hicieron trasladar la manufactoría a otra ciudad. De hecho, a otro país. De hecho, a otro continente. Seguramente en esos momentos, en algún lugar de la India o Filipinas, algun grupo de fanáticos religiosos estaría venerando alguno de esos bebés con cuatro brazos y tres piernas, obsequio de la difen… difenilt… ¡difeniletilamina! como si del advenimiento de la diosa Kali se tratase. Qué se le va a hacer. Vivimos en un mundo capitalista. Que se lo expliquen a la madre de la criatura, cuando tenga que comprar guantes, o calzado… Bueno, el hecho es que en la antigua fábrica es donde se encuentra la mayor sede de importación-exportación y ventas de la compañía, a lo largo de toda la costa Este. Y ahí es donde Tommy se había estado arrastrando durante esos últimos 15 años. ¿Para qué? Para acabar consiguiendo la maldita pieza de latón con su maldito “Thomas P. Kirby. Sales Manager“. Pero hoy, hoy va a ser diferente. Hoy Tommy, el viejo Tom, ha llegado a la oficina, puntual, como siempre. Bueno, como siempre no. Hoy ha llegado, pero sin ganas de trabajar. Hoy es “su día” y así lo ha decidido él, y nada, ni nadie se lo va a arruinar. Quizás ésa sea una de las razones por las que hoy, Tommy, no ha guardado tan solo su sandwich de pavo en la cartera, no. Tom está harto. Tom ya ha tenido suficiente. Está hasta la coronilla. Ya no puede más. Ni del Sr. Stanton Jr, ni de la finolis de su secretaria, ni de los imbéciles que tiene por compañeros. Hoy Tom está harto hasta del personal de la limpieza. Hoy Tom está aburrido del todo. Hoy Tom, le va a poner final. Por algo ése peso, dentro de su cartera, golpea su pierna con cada paso que dá. Por algo, Tom, hoy se ha traído su Magnum 45 al trabajo. El mismo con el que su padre se suicidó, de un tiro en la sien, cuando él tan solo contaba 12 años. El mismo Magnum 45 que él ha mordido tantas noches, ya amartillado, llorando como un niño, sin conseguir reunir el valor suficiente para apretar el gatillo. El mismo Magnum 45 con el que Tom ha decidido cambiar el rumbo de su vida. Por algo, hoy va a ser un dia diferente. Hoy es el dia de Tom.
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September 23rd, 2008 yarli
“Estimada Cristina: Ayer recibí una misiva de tu abogado donde me invitaba a enumerar los bienes comunes, con el fin de comenzar el proceso de disolución de nuestro vínculo matrimonial. A continuación te remito dicha lista, para que puedas solicitar la certificación al Notario (…)(…) y tener listos todos los escritos antes de la comparecencia ante el tribunal.Como verás, he dividido la lista en dos partes. Básicamente, un apartado con las cosas de nuestros cinco años de matrimonio con las que me gustaría quedarme y otra con las que te puedes quedar tú. Para cualquier duda o comentario, ya sabes que puedes llamarme al
teléfono de la oficina (de ocho a cuatro) o al móvil (hasta las once) y estaré encantado de repasar la lista contigo.
COSAS QUE DESEO CONSERVAR:
- La carne de gallina que salpicó mis antebrazos cuando te vi por primera vez en la oficina.
- El leve rastro de perfume que quedó flotando en el ascensor una mañana, cuando te bajaste en la segunda planta, y yo aún no me atrevía a dirigirte la palabra.
- El movimiento de cabeza con el que aceptaste mi invitación a cenar.
- La mancha de rímel que dejaste en mi almohada la noche que por fin dormimos juntos.
- La promesa de que yo sería el único que besaría la constelación de pecas de tu pecho.
- El mordisco que dejé en tu hombro y tuviste que disimular con maquillaje porque tu vestido de novia tenía un escote de palabra de honor.
- Las gotas de lluvia que se enredaron en tu pelo durante nuestra luna de miel en Londres.
- Todas las horas que pasamos mirándonos, besándonos, hablando y tocándonos. (También las horas que pasé simplemente soñando o pensando en ti).
COSAS QUE PUEDES CONSERVAR TÚ:
- Los silencios.
- Aquellos besos tibios y emponzoñados, cuyo ingrediente principal era la rutina.
- El sabor acre de los insultos y reproches.
- La sensación de angustia al estirar la mano por la noche para descubrir que tu lado de la cama estaba vacío.
- Las náuseas que trepaban por mi garganta cada vez que notaba un olor extraño en tu ropa.
- El cosquilleo de mi sangre pudriéndose cada vez que te encerrabas en el baño a hablar por teléfono con él.
- Las lágrimas que me tragué cuando descubrí aquel arañazo ajeno en tu ingle.
- Jorge y Cecilia… Los nombres que nos gustaban para los hijos que nunca llegamos a tener.
Con respecto al resto de objetos que hemos adquirido y compartido durante nuestro matrimonio (el coche, la casa, etc) solo comunicarte que puedes quedártelos todos. Al fin y al cabo sólo son eso:… objetos. Por último, recordarte el n º de teléfono de mi abogado (…….) para que tu letrado pueda contactar con él y ambos se ocupen de presentar el escrito de divorcio para ratificar nuestro convencimiento. Afectuosamente, Roberto.”
>NOTA: Carta Ganadora del III Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor.
>Web del concurso: www.escueladeescritores.com – Relato escrito por Susana López Rubio.
>Si deseas reenviarlo, no modifiques ni borres, hazlo tal cual lo recibes. Gracias.
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September 22nd, 2008 yarli
Marquitos contaba tan solo con siete años a sus espaldas. Él se enfadaba y se hacía el ofendido cada vez que alguien le llamaba así, Marquitos, pero tampoco discutía mucho sobre ello y, cuando podía, cambiaba el rumbo de la conversa con alguna de sus payasadas para hacerles olvidar de lo que estaban hablando. En el fondo, que le llamasen Marquitos le hacía sentir especial, querido. Y eso, como a cualquier niño de siete años, le gustaba. A Marquitos le gustaba mucho pescar. No es que fuera afición repentina, sino que el haber acompañado a su abuelo, a su abuelito, en alguna ocasión, cuando venía al pueblo a pasar las vacaciones, había despertado en él la admiración, más que por el hecho de la espera, y el triunfo ante la pieza cobrada, por el ritual de preparación: el preparar la caña, el carrete, la cesta con los aparejos, las brillantes cucharillas con sus dibujitos, el cebo… La vieja cesta de mimbre que colgaba del hombro de Marquitos ésa tarde, era la misma que había pertenecido a su abuelito, pero que ahora que estaba en el cielo, ya no necesitaba más, así que él la cogía prestada y se iba a pescar al puente, de vez en cuando, a ver si había suerte. El sol de la tarde estaba siempre alto, cuando Marquitos bajaba por la calle, camino del río, y los vecinos, abuelos en su mayoría, que se sentaban a dormitar a la sombra, en la puerta de sus casas, le saludaban con una sonrisa. Todos recordaban, no hacía tanto tiempo, cuando Marquitos no bajaba solo al río, y cómo abuelo y nieto canturreaban aquella canción de Sarita Montiel que decía “Fumando espero…”. Ahora Marquitos bajaba en silencio. No tenía con quien cantar aquella canción. Ni ninguna otra. En el pueblo había más niños, pocos, sí, pero todos venían de una ciudad diferente a la suya, y le costaba hacerse un hueco entre ellos. Verdaderamente, tampoco les necesitaba. A Marquitos no le suponía ningún problema el estar solo, el jugar solo. Marquitos siempre había estado solo, así que cuando le preguntaban, no sabía cómo era el sentirse solo. Quizás ése era precisamente el problema de todo. El haber estado siempre solo, le confería un toque de madurez con el que sorprendía a unos y a otros, y era motivo especial de orgullo para su madre, quien comentaba alegremente las salidas con las que la sorprendía su Marquitos un día sí y otro también. Quizás fuera ése el problema de todo. Quizás por eso, no había nadie para decirle que no se acercara tanto al húmedo borde del río. Quizás por eso, nadie le oyó gritar cuando su pequeño cuerpo cayó al agua en un sordo chapoteo. Quizás por eso, nadie pudo evitar que el pequeño corazón de Marquitos, dejara de palpitar. Marquitos, tan solo contaba con siete años a sus espaldas. Por eso, cuando los gritos del pocero, subiendo camino del río, con el exánime y blanquecino cuerpecito de Marquitos, rompieron la tranquilidad del silencioso pueblo, todos salieron a la calle para ver qué había ocurrido. Las abuelas se cubrieron la cara con sus pañuelos, humedecidos los ojos, mientras los abuelos, con sus rostros cuarteados tras años de duro trabajo bajo el sol, contemplaban el horizonte con mirada perdida, mientras negaban con la cabeza al saber la noticia. Los lloros de la abuela de Marquitos resonaban a lo lejos. Marquitos se había ahogado. Marquitos tan solo contaba con siete años, cuando se fué al cielo con su abuelito.
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